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Despójate de tus defensas y, con el alma liberada de ese peso, descansa un rato.
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Ocupa tu tiempo aquí como mejor te apetezca. Sabes que puedes quedarte. Sabes que puedes regresar tantas veces como desees. Incluso puedes simplemente tenderte bajo el sol, sobre la granulada arena, o al frescor de la sombra, bajo los polvorientos pinos, descansando los entumecidos músculos antes de continuar tus navegaciones.
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Si al cabo del tiempo nada logró retenerte aquí, yo misma puedo ayudarte a abrocharte de nuevo la armadura, para que puedas así proseguir tu viaje de regreso a Ítaca.
